¿Quién fue primero, el huevo o la gallina?

Por: Julio Rodríguez

Fue el huevo… pero no nos apresuremos. Por lo pronto vamos a explorar
las alternativas: Si suponemos que ninguno de los dos surgió primero,
dejaríamos espacio a conclusiones inaceptables como que ni el huevo ni
la gallina existen, o que aparecieron simultánea y mágicamente, o que
han estado allí desde siempre. Y afirmar que la respuesta consiste en
una “interrelación dialéctica” entre ambos es solo evadir la cuestión
esgrimiendo un concepto de alto poder hipnótico. Así pues, entrémosle
de frente a la cosa, esto es, reconociendo que alguno de los dos tuvo
que haber surgido antes, con lo cual el primero (fuera cual fuera)
hubo de provenir de algo que ni era huevo ni era gallina. A fin de
cuentas todos coincidimos en una idea más sorprendente y es que la
vida provino de la no vida.

Es obvio que hubo animales, como los dinosaurios, brotando de huevos
antes que las gallinas cacarearan por este mundo; visto así, los
huevos habrían surgido primero. Pero allí no hay ningún dilema. La
gracia está en considerar que cuando decimos “huevo” nos estamos
refiriendo, por supuesto, a “huevo conteniendo una gallina”. En esta
historia tenemos entonces una cadena donde cada eslabón es un
pre-huevo produciendo una pre-gallina, seguido por esa pre-gallina
poniendo a su vez el siguiente pre-huevo, y así, durante cientos de
miles de años hasta que de pronto la monotonía se rompe y ve la luz el
primer ejemplar de la nueva especie. ¿Cómo esto aconteció? ¿Una
pre-gallina puso el primer huevo, o acaso de un pre-huevo salió la
primera gallina? Thatisthequestion.

Question que desde cierto ángulo ni siquiera es complicada. Cuando nos
referimos al nacimiento de una especie, estamos hablando del
surgimiento de una nueva versión de ADN. En este caso, la aparición de
un ADN de gallina a partir de un ADN de pre-gallina. A la solución se
llega, por tanto, razonando dónde este salto pudo ocurrir. Y lo
hacemos del siguiente modo: un individuo no modifica su ADN durante suvida. Si usted nace burro, se muere burro. De igual modo, de un
pre-huevo (o sea, de un huevo cuyo material genético es de
pre-gallina) no puede salir otra cosa que no sea un pre-pollito, al
cual no le queda más remedio en la vida que convertirse en una
pre-gallina. Ya por ahí se descarta que de un pre-huevo pudiera surgir
la primera gallina; en otras palabras, la gallina no fue lo primero.
El huevo, por su parte, tiene todas la de ganar. Porque en los
animales de reproducción sexual, cada nuevo individuo (en este caso
cada huevo) hace su aparición con una versión de ADN inédita en el
universo. Que consistirá en cierta cantidad de pares de cromosomas
donde, en cada uno de ellos, los genes de un componente los aportó la
madre, mientras los genes del segundo los ha puesto el padre. Tal
nuevo batido genético de vez en cuando representa el paso de una
especie a la siguiente. En definitiva reitero, el primer ejemplar de
la especie gallina hubo de arribar al mundo en forma de huevo.

Ahora bien, si esto es tan fácil de resolver ¿por qué persiste el
algún momento surge una nueva especie, la gallina (en forma de huevo,
famoso tema del huevo y la gallina? Por un lado, sobrevive en la
cultura como recurrido ejemplo del mismo tipo de fenómeno cíclico del
que también son representantes la “serpiente que se muerde la cola” y
los “círculos viciosos”. Pero más allá de eso, el motivo de la
permanencia de este dilema atañe a la epistemología.

Volvamos a esa cadena pre-huevo, pre-gallina, pre-huevo… en la que en

recién hemos dicho). Y observemos con lupa ese preciso eslabón en el
cual la especie pre-gallina se convierte en la gallina moderna. ¿Qué
de trascendental sucedió allí? ¿Cuál es ese contraste entre un ADN y
el siguiente, gracias al cual se produjo el salto cualitativo? En
realidad, no hay tal clase de diferencia. El primer pollo se asemejó
tanto a sus padres como el lector se parece a los suyos. Y al igual
que nosotros y nuestros progenitores somos de la misma especie, la
“última” pre-gallina y su descendencia también lo fueron. Entonces,
por fin… ¿hubo o no un tránsito entre especies? ¿Existen o no las
gallinas actuales? Pasemos a desenredar este embrollo, hasta donde se
puede.

Todo tiene que ver con una de nuestras herramientas mentales, los
conceptos. Dentro del concepto de silla, englobamos a cada una de las
sillas; en el de gallina, ubicamos a las gallinas, etc. Tales
categorías, suelen poseer bordes precisos: se es una silla o no, se es
gallina o no. Nuestro cerebro lo asume así porque hubo de evolucionar
en un mundo donde la mayor parte del tiempo era eficiente hacerlo de
ese modo. Pero resulta que desde hace unos pocos miles de años, el
acelerado desarrollo tecnológico y social humano, nos ha situado en un
contexto para el cual nuestro pensamiento no está del todo adaptado.
La mayoría de los hombres ya no tiene que dedicar ningún tiempo a
averiguar cómo cazar el próximo mamut, ni a cómo evadir al tigre
dientes de sable, holgura que podemos invertir en revisar el Facebook,
o en resolver problemas más sutiles, elevados, o en cualquier caso,
distintos a los que nos exigía la pura sobrevivencia. Problemas como
el del huevo y la gallina, por cuenta del cual nos damos de bruces con
una porción de la realidad cuya carencia de fronteras precisas va más
allá del tipo de cosas en las que podemos pensar cómodamente (esta
clase de “desintonización” entre nuestro cerebro y el mundo real, es
la misma que nos impide entender la física cuántica).

Dicho todo lo anterior, el tema que nos ocupa queda como sigue. Está
claro que hubo una especie de pre-gallinas cuya evolución dio paso a
las gallinas actuales. Mas el tránsito entre aquella y estas fue tan
gradual, que no puede haber un criterio biológicamente justificado
apuntando a un eslabón específico en el cual se produjera el salto. No
hubo salto. Sin embargo, para que la cuestión de “cuál fue primero”
tenga algún sentido, ha de suponerse la existencia en principio de
alguna definición delimitando qué es ADN de gallina y qué no lo es,
definición que como acabamos de ver, tendrá siempre su dosis de
arbitrariedad. No obstante, para cualquiera que sea ese criterio,
queda en pie lo que ahora señalo -por tercera vez-: primer lugar, el
huevo.

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